Salud

El acceso a la salud integral de las personas

Todas las per­so­nas, sin dis­tin­ción de géne­ro u orien­ta­ción sexual, tie­nen dere­cho al goce del mayor gra­do posi­ble de salud físi­ca y men­tal. La Orga­ni­za­ción Mun­dial de la Salud (OMS) con­tem­pla en su defi­ni­ción de salud no sólo la ausen­cia de enfer­me­da­des, sino tam­bién el logro de un com­ple­to bien­es­tar físi­co, men­tal y social. En este sen­ti­do, la noción de bien­es­tar humano tras­cien­de lo mera­men­te físico.

En el plano inter­na­cio­nal, el dere­cho al dis­fru­te del más alto nivel posi­ble de salud tam­bién está con­tem­pla­do en los Prin­ci­pios de Yog­ya­kar­ta, sien­do la salud sexual y repro­duc­ti­va un aspec­to ele­men­tal de este dere­cho. De igual modo, el Esta­do argen­tino reco­no­ce en su legis­la­ción nacio­nal el dere­cho al máxi­mo nivel de salud inte­gral, inclui­da la salud sexual.

Ver jurisprudencia

El acce­so a estos dere­chos debe dar­se en un mar­co de res­pe­to, con­ten­ción y tra­to digno por par­te del per­so­nal médi­co y no médi­co, tal como se con­tem­pla en las leyes 26.743 de Iden­ti­dad de Géne­ro26.529 de Dere­chos del Pacien­te.

En el año 2012, se apro­bó en Argen­ti­na la Ley 26.743 de Iden­ti­dad de Géne­ro, que mar­có un hito a nivel local e inter­na­cio­nal al pro­mo­ver la des­pa­to­lo­gi­za­ción de las iden­ti­da­des trans. En el mis­mo sen­ti­do, se habi­li­tó el acce­so a inter­ven­cio­nes qui­rúr­gi­cas tota­les o par­cia­les y/o tra­ta­mien­tos inte­gra­les hor­mo­na­les para ade­cuar el cuer­po a la iden­ti­dad de géne­ro auto­per­ci­bi­da sin nece­si­dad de auto­ri­za­ción judi­cial o admi­nis­tra­ti­va y de mane­ra gratuita.

El com­pro­mi­so del Esta­do argen­tino en avan­zar hacia la des­pa­to­lo­gi­za­ción de las iden­ti­da­des trans es rati­fi­ca­do tam­bién en la Ley Nacio­nal 26.657 de Salud Men­tal del año 2010, la cual en su artículo 3 prohíbe de for­ma expre­sa rea­li­zar un diag­nós­ti­co en el cam­po de la salud men­tal sobre la base exclu­si­va de la elec­ción o iden­ti­dad sexual de la persona.

Pese a estos gran­des e indis­cu­ti­bles avan­ces en mate­ria nor­ma­ti­va a nivel nacio­nal, en la actua­li­dad se siguen regis­tran­do situa­cio­nes de dis­cri­mi­na­ción y exclu­sión hacia el colec­ti­vo LGBTIQ en el ámbi­to de la salud, si bien no se encuen­tren ava­la­dos nor­ma­ti­va­men­te, el cam­bio cul­tu­ral aún no ha ter­mi­na­do de impac­tar sobre todas las personas.

Fre­cuen­te­men­te, el per­so­nal médi­co se basa en una con­cep­ción hete­ro­nor­ma­ti­va de la sexua­li­dad, dan­do por sen­ta­do que todas las per­so­nas que acce­den a los ser­vi­cios de salud son hete­ro­se­xua­les. Estos pre­jui­cios tie­nen una con­se­cuen­cia direc­ta en las per­so­nas LGBTIQ que acu­den al sis­te­ma de salud, ya que muchas veces pue­den sen­tir­se incó­mo­das o aver­gon­za­das, gene­ran­do que las mis­mas dejen de con­cu­rrir a los cen­tros médi­cos por temor a ser dis­cri­mi­na­das o por su impo­si­bi­li­dad de expo­ner su orien­ta­ción sexual, lo cual per­mi­ti­ría de sobre­ma­ne­ra que la con­sul­ta sea real­men­te efec­ti­va. Por ello, resul­ta nece­sa­rio garan­ti­zar una aten­ción médi­ca inte­gral y des­pre­jui­cia­da, que res­pe­te la iden­ti­dad de géne­ro y la orien­ta­ción sexual de las per­so­nas y no asu­ma nin­gu­na de ellas como dada o natu­ral.

Por otra par­te, en el caso de las muje­res les­bia­nas y bise­xua­les, la fal­ta de infor­ma­ción de los pro­fe­sio­na­les sobre las for­mas de pro­tec­ción para evi­tar con­traer infec­cio­nes de trans­mi­sión sexual (ITS) tam­bién difi­cul­ta su aten­ción en los sis­te­mas de salud.

Des­de otro pun­to de vis­ta, es impor­tan­te seña­lar la pro­ble­má­ti­ca de  la fer­ti­li­za­ción asis­ti­da para los matri­mo­nios homo­pa­ren­ta­les. A pesar de que la Ley de fer­ti­li­za­ción asis­ti­da (Ley N° 26.862), por medio de su Artícu­lo 8, esta­ble­ció en 2013 un mar­co nor­ma­ti­vo para el reco­no­ci­mien­to de los dere­chos de las per­so­nas LGBTIQ a acce­der a la posi­bi­li­dad de criar a sus pro­pios hijos e hijas, en muchos casos, la obra social no esti­ma que estos tra­ta­mien­tos sean par­te inte­gral de aque­llos con­si­de­ra­dos obli­ga­to­rios a sus abo­na­dos. Esto gene­ra que, en los casos don­de la obra social resuel­ve de tal mane­ra, la situa­ción se trans­for­me en una pro­ble­má­ti­ca y en una pos­te­rior deman­da judi­cial. De esta for­ma, el dere­cho se ter­mi­na tra­du­cien­do en sen­ten­cias que velan por los dere­chos de salud inte­gral y de for­mar una fami­lia sin dis­cri­mi­na­ción. Sin embar­go, el pro­ce­so no es sen­ci­llo y, en su trans­cur­so, se veri­fi­ca una vio­la­ción de derechos.

De esta mane­ra, la cues­tión de la salud hoy en día se con­ti­núa encon­tran­do con obs­tácu­los, de índo­le prác­ti­cos en muchos casos, que ha con­du­ci­do a sen­ten­cias que bus­can efec­ti­vi­zar deter­mi­na­dos dere­chos que están garantizados.